128- EL GOLPE DE ESTADO. Por Vicente Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Era por la mañana y encontraba menos frío entre adoquines, casas y coches, que otros días del mes. Viento en el asfalto de la Gran Vía, que mantuvo con vida el sol desparramado en la acera. Inequívocamente fue al instituto a aprender. Había clases de Inglés y de Literatura, ya que las de Historia y Latín, fueron emborronadas en una pirola gris. Sus expectativas eran mínimas, no esperaba nada, porque no había nada que esperar.

Lunes; pesado Lunes de comienzos de una vida. El domingo había sido actor; sus personajes. se relacionaban con animales de la familia de los cánidos: teatro infantil; para niños, dedicado a los más pequeños, aunque era el benjamín del grupo: siete u ocho actores frustrados o gente con proyección a la vida que hacía lo que le gustaba. El decía que llevaba una vida de perros. Hizo de perro en un sainete cómico, y de lobo en un "remake" de caperucita roja. Goce, maravillosa satisfacción al subir por cuarta o quinta vez a un escenario y recibir aplausos y vítores por hacer el payaso un rato. Fue por la mañana y en un colegio religioso, pero no vio ni un sólo hábito, mejor por el bienestar de su aparato digestivo según decía él.

- Cuénteme su sueño -el barbudo profesor le abordó, le invadió: sus mandíbulas le dieron miedo- pero hazlo en inglés...

- ¿Me lo pide porque me ha pillado dormido?

- ¡No le he pillado! Le creo suficiente preparado para hacerlo, pero de vez en cuando debe demostrar un poco de interés.

- ¿Y si no me interesa la clase? -los demás rieron desde sus pupitres.

- Le creo lo suficientemente maduro como para suponer dónde se halla y dónde está la autoridad.

Rostro de pesadez, cansancio, algo de determinismo. Necesitó fuerzas para contestar:

- Do you understand if I must tell you a dream or a desire...?

- Nobody understands you. -Volvieron a reir,

- My aim?

- O.K.

- Women. -En ese instante, el que río fue el profesor.

- Why?

- Because, if there was a woman in this high school, I never would stay asleep...

- No le preguntaré más. Pero, por favor, no se duerma porque me siento ridículo si mis alumnos se duermen.

Sonrió. La clase siguió; es posible que alguno entendiera que, a veces, o mejor, casi siempre, con señalar los problemas, basta para solucionar, y seguir viviendo. Se subió a la madera chirriante y comenzó a explicar algún verbo irregular.

El instituto no era mixto, sólo había alumnos masculinos, y alguna que otra profesora descuidada, como no había mujeres, las profesoras no se arreglaban mucho porque todas eran atractivas, había momentos en los que no había mujeres más o menos hermosas, sólo tías. La presión sexual allí hacía hervir a las pobres profesoras.

- ¿Joder! ¡Cómo te habrás puesto...! -el codazo que le dio su compañero fue de la "complicidad masculina", con ritos de ostentación incluidos, sonrisas, gestos...

"Etología. Esto parece un documental de naturaleza de la televisión acerca del comportamiento sexual de algunas especies de primates"

La profesora de ciencias tenía nombre de color y era muy joven, aún calentita de la universidad y empezó a interesarse por aquel alumno provocando los celos o la admiración de todos, que al fin y al cabo es lo mismo.

- ¡Hombre! Es mona sí, no está buena, pero es maja y tiene buen tipo.

"Cielos, es patético, estoy hablando como lo haría mi hermana".

Le hizo una pregunta y sonrió y fue hasta su pupitre; la chica de media melena pelirroja y vestido pre-mamá de topos se apoyó en la mesa con los codos. Tanto que le puso el escote en las narices. Por allí vio todo y la clase enmudeció porque no se apartaba.

- Oye.... ¿Y cómo tiene las tetas? ¿llevaba sujetador? ¿llevaba bragas?

"Ahora que le he visto las tetas a la de ciencias soy el líder de la clase. No voy a admitir que estoy enamorado porque sí, lo estoy. Pero me da vergüenza hasta admitirlo yo solo. Pero, cada pregunta que me hacen sobre eso es como si me quitaran un poco de vida. Pero desde párvulos en el que me daba clase una monja, no me ha dado clase ninguna chica. Sí, las tetas bonitas, de niña y las bragas grandes, negras. Sí, necesito un poco de amabilidad, una pizca de ternura me pone en marcha. Siento el cosquilleo de una erección cuando huelo a esa mujer, pero, ¡si no huele a nada!"

La clase era enorme. Entraba mucha luz por los ventanales que fabricaba dañinos reflejos en el suelo blanco de imitación. La altura de dos pisos en las copas de los árboles era la perfecta escena de un cielo despejado. En clase, habría cuarenta o más chicos en cinco filas, y de fondo, unas perchas típicas repletas de abrigos y chaquetas, debido al viento persistente de la ciudad.

Hacía unas horas, tuvo contactos con el mundo infantil. Le embriagó y, llegó a saber:

"El niño piensa y siente por sí mismo, no sólo, en las cosas que los adultos piensan que les deben preocupar a los niños."

Esos pensamientos le acompañaron todo el día. Hablaba de ese tema con todos los compañeros que encontraba a su paso:

- No tienes tan lejos la niñez. Somos más ignorantes de lo que creemos; nada ni nadie sabemos o nos dejamos engañar por la madurez. Siempre se repiten los mismos mensajes, los mismos deseos...

- Eres un freudiano de habas...

"¿Por qué me dice eso? ¿Por qué negamos la niñez? Nos siguen molestando los niños... Me planteo si no es sólo para tranquilizarnos. Los sentimientos nos molestan. No entiendo ni la dureza fácil ni la ternura forzada; parece que con una agresión, se establece la personalidad única y verdadera. Sólo depende de cuándo des la hostia, o de cuándo te la den, porque tiene efectos similares".

- Me parece horrible que hagas de tu vida un relato... Mira tus zapatos, tus pelos a lo hippie, tu americana marrón. ¡Cuándo te conocí no eras tan extravagante!

El último que habló era Sebastián, José Miguel Sebastián. Era un personaje estupendo, con simpatía y una humanidad que envolvía a todos. Era mayor, el mayor de la pandilla de clase y de los pocos amigos que sentían el valor o el engaño de la amistad. Le encantaba el estilo de vida americano y por eso llevaba raya en medio en la melena castaña, a lo Travolta y botas altas camperas de la manera más cateta y hortera que se puede vestir. Pero su alegría inundaba a toda la clase, a pesar de tener una apariencia de crío, ser imberbe y ser bajito. Odiaba a los hippies y simpatizaba con la sección moderada de los pijos; era bajito y siempre fardaba de tener un tío Marine, fumar rubio y de poseer armas. Todos los macarras siempre se metían con él y le robaban algo; hacía poco, le robaron un abrigo de serraje que, a sus padres, les costó un pastón: reaccionó mal y se compró un cuchillo de buzo y una cadena de bicicleta que llevaba como cinturón: a todos les daba miedo ir por la calle con él, es más, pocos osaron comentárselo siquiera.

- Ahora, el teatro. ¡No se comen libros! Tienes que ser realista. Sólo somos un par de monigotes de dieciocho años.

- Dieciséis. -Interrumpió- tengo sólo dieciséis años.

- ¡Más a mi favor! Te estás volviendo demasiado loco, te vas a quedar sólo... No quieres ir a la discoteca, ni beber cerveza, ni fumar. ¡No vas al mundo de los demás! ¿No te das cuenta de que estás en una torre de marfil?

- Me doy cuenta, pero has de saber que ya tengo padres. Te agradezco el sermón, pero ya tengo quién me sermonee, pero por lo menos no voy de paranoico por la vida. No tengo motivos para que John Wayne sea mi ideal.

"No tengo, o no los encuentro. No sé. Cuando miro por la ventana, veo el viento; o sea, veo las ramas de esa encina que se mueven. En ese momento hay un ligero presentimiento de verdad. Una sensación, una intuición que revela las mil veces que sostiene la experiencia de mi cuerpo. Creo que no tengo que leer tanto; me pasará como al Quijote: me tapiarán la biblioteca. No sé para quién escribo, pero si que empiezo a conocer lo que es ser actor: ¿Demasiado joven? Es posible, ya que soy el típico impertinente, que suspende el tercero de B.U.P., para hacerse interesante. Necesito suerte, mucha suerte para aprobar. Pero soy optimista. He llegado a la niñez, a algo bonito: aunque sea haciendo jilipolladas... Son las doce y media: ahora, literatura. La clase no me gusta. El profesor es joven y majo... Pero soy tan tonto que me he creado una afición de escribir que me esclaviza. ¿Por eso me ha de gustar la literatura? Si lo que más me gusta es la ciencia-ficción, Asimov, Clarke, Lem... ¿Por qué elegí estudiar Griego y Latín, siendo que lo que me gusta es la Biología?".

El relevo fue de un profesor de gabardina color mostaza y enorme mostacho. Parecía un detective inglés de la Scottland Yard, pero iba a hablar del "Platero y yo":

- Os habrán hablado muy bien de esto. Personalmente, considero que la técnica es buena, el tema es bueno, pero no está adaptada a nuestros tiempos lo veréis como algo muy cursi, teniendo presente otras obras del autor... Pero es precioso... No obstante, vamos a leerlo: nos iremos deteniendo en las frases importantes. Leeremos dos o tres días, al día siguiente, os clavaré un examen sobre esto. Atentos pues...

El profesor iba con una cartera de piel gastada y se sentó detrás de una lujosa mesa de madera negra, con la pizarra verde a la espalda, sobre el estrado de madera crujiente.

- ¿Por qué dice que el tema y la técnica son buenos, pero le parece un riesgo literario? -preguntó un empollón de jersey de esquiador.

- En el sentido de que da gusto leerlo. Proporciona placer, pero, se aleja de la realidad de la España rural de principios de siglo. Una prosa poética tan elaborada, no siempre apetece leer; desde luego, la incursión en el mundo de las imágenes, es preciosista. Lo mejor es leerlo. Vamos a empezar...

En orden horizontal, y siguiendo las manecillas del reloj, empezaron a leer, en voz alta, unos veinte alumnos. Cada uno leía una página.

- "Mirábamos el sol con todo: con los gemelos del teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado..."

- Bien, eso es todo por hoy...

De vuelta a casa mirábamos el frío y los coches, y los semáforos:

- Fíjate, todo lo que vemos podría morir ahora mismo. No seríamos la misma cosa sin la necesidad, sin los ruidos, sin el viento.

- ¡Montes! ¿Te pasa algo? Te veo peligroso si piensas.

Montes se detuvo en el camino, miró al suelo, se limpió las gafas y le dijo antes de cambiar de camino, porque Montes vivía en el centro.

- No sé, estoy agobiado por la rutina, me aplasta...

- Ya, a todo el mundo le agobia la indeterminación de lo indeterminado.

- ¡Qué bien te ha quedado!

- Sólo nos queda la ignorancia, lo fiel, lo único fiel que tengo y me salva a mí.

- Y a los otros también, pero en ese momento, no nos importan, ¿Verdad?

Le hicimos un favor al mundo y nos callamos un rato. Vimos el final de nuestro camino.

- Voy con Mapi y una amiga suya al cine el sábado... ¿Te vienes?

- No sé; tengo ensayo.

- ¡Ah! Llámame si quieres.

Montes se fue corriendo.

"Vaya, Montes me habla. Sé que le admiro y quiero... Cuando discutimos sobre que yo hiciera teatro o no, fui demasiado duro con él. Le mandé a la mierda sin contemplaciones."

Ensimismado en pensar sin meta, llegó a su destino. Durante la comida, se habló de la guerra civil española, de nuevo.

- Ya lo viviréis. Habrá otra guerra y, esta vez, serán los americanos los que paguen los gastos. Lo que haces en el instituto no me gusta.

- Pero... Primero pregunta lo que hago. ¡Ese es el problema, nunca os molestáis en averiguar lo que hago o lo que dejo de hacer! ¿Cómo podéis reprocharme lo que pasa en el bachillerato en base al fantasma de la guerra civil?

Casi no pudo pronunciar lo de guerra civil. Las connotaciones violentas se transformaron en gritos, terminaron discutiendo sobre el servicio militar, que nadie le iba a obligar a realizar. Luego, se levantó de la mesa y sin limpiarse los morros, se fue a la calle.

Desconsolado, fue hacia el instituto. Siempre estaba en desacuerdo con sus padres. Un grueso muro no le dejaba respirar:

"Autoritarismo. No puedo con él. ¡Me pasa cada cosa...! Por un lado, estoy conociendo lo que ocurre con el mundo de los niños, por otro, me encuentro con la típica alienación de la gente de la clase media. ¿Dónde me agarro? Mi libro de Neill, "Summerhill", me llena. Necesito apoyarme en alguien. La reunión es dentro de hora y media. ¿Qué hago? Voy a leer. No hay clase los lunes por la tarde. Repasaré mi cuento sobre la reforma. Voy a visitar los escenarios del relato. Me encuentro muy solo; no sé si hace frío. Es veintitrés de febrero, me sobra la chaqueta".

Se reunían para organizarse en pos de la coeducación: que en el instituto estudiaran hombres y mujeres. Hasta ese momento sólo había tíos. Habían atacado sexualmente a la lectora de francés, si el instituto fuera mixto, cosas así no pasarían:

- ¡Cómo qué no! Las alumnas serían las atacadas. -Decía el "Truman", un profesor de historia que era igual que el presidente estadounidense, que ordenó lanzar la mortal seta sobre Japón.

- Las cosas están ochenta y dos a dos... -exclamó Montes leyendo un papel amarillo.

El primer paso, para hacer que el instituto fuera mixto, la coeducación, que hubiera alumnos y alumnas, era que estuvieran conformes profesoras y profesores, los ochenta y cuatro enseñantes. En la ciudad había quince institutos; todos mixtos, salvo los más céntricos: uno femenino y otro masculino. Se organizaban vandálicos asaltos desde el masculino al femenino; pero seguían en esa norma.

- ¿Es necesario el acuerdo total? -preguntó acariciándose los párpados y empezando a bostezar.

- Todos los profesores del instituto deben firmar el acuerdo, sin faltas...

- ¡Hijo de puta!

- Pero deben ser dos los que se niegan a hacerlo mixto...

- Uno es el Truman, pero... ¿El otro...?

- Lo averiguaremos, si pedimos el nombre completo junto con la firma.

- ¡Tenemos que hacer nuevas hojas! Hojas con casilleros que dispongan el nombre del profesor que firma en una cuadrícula, y junto a ella, su firma en otra. Pero que firmen todos. En el claustro, deben aprobar esa enmienda. Luego, debemos hacer actividades de apoyo. -Montes cerró la carpeta y la reunión clandestina se terminó.

No era tan clandestina, puesto que varios profesores sabían que se reunían semanalmente para hacer que en el instituto masculino hubiera mujeres. El "Aula Cero", era interminable.

El aula cero era una clase extralarga (unos cien pupitres), y en ella solían hacer exámenes. Estaba en el sótano y, su grandeza (cabrían unos quinientos alumnos), su increíble perspectiva bajo la luz de fluorescentes modestos y el inconfundible y martilleante ruido de la cercana caldera de calefacción, ofrecían todo el misterio para someterse al juicio del examen.

"Quién se haya examinado en el Aula Cero alguna vez, habrá realizado una empresa colosal. Dudo si los agentes de la C.I.A., pasaban pruebas semejantes, o, si acaso, los oficiales de la S.S. o de la Gestapo, la utilizaran para reblandecer el cerebro de sus judíos. Se está nublando, y yo, en teoría, estoy de malas pulgas con la gente de mi casa; pero se me ha pasado. Estos cambios repentinos de humor no los entiendo. ¿Por qué no estoy deprimido la mayor parte del tiempo? La calle está distinta, especialmente gris.".

La calle estaba muy gris. El asfalto dominaba una urgencia incalificable en las gentes que se cruzaban en su camino. Los cláxones eran evidentes y los comercios y tiendas, cerraban antes de anochecer, extraño para ese Febrero de 1981, en el que, a las seis y media de la tarde, las calles se vestían de farolas, los escaparates de luz y la ciudad de noche.

La casa estaba extraña. Un silencio raro y su madre llorando.

- ¿Qué te pasa, mamá?

Sonó el teléfono.

- Localiza a tus hermanos y pon la radio y la tele... Creo que ha habido un golpe de estado... -La voz le resultó extraña y angustiosa, para la voz hermosa de su hermana mayor, que trabajaba en una oficina. Volvió el rostro y sus hermanos habían vuelto. Sus padres, todos. Buscó entre sus cosas, una vieja caja de mimbre y madera, tomó con fuerza una vieja mecha deshilachada y una caja de cerillas que tenía dibujado un elefante amarillo.

Unos guardia civiles entraron en el congreso y dispararon sus armas al más puro estilo hispanoamericano. Para que todos les tuvieran miedo, como si poseyeran la verdad. Bueno, lo consiguieron y les tuvieron miedo pero parecía haber alguno por encima que lo permitía o no. Siglo XX, hasta lo grabaron por televisión.

"Martin, siempre Martin. La muerte, el fascismo o el horror del misterio, me recuerdan a Martin en sus días bajos. No sé si uno puede ser hipócrita consigo mismo o con sus ideales... Jamás pienso en que ese chico fue una puerta para llegar a su hermana Melinda. Es demasiado pensar que me siento herido por él. ¿Qué habrá sido de Martin? Tres años y medio que no supe nada... ¿Pregunto por él o por su hermana, mi amor verdadero? Hay algo oscuro, que no tengo acceso. No sé si es un recuerdo vano por infiel, o un engaño de no suscitar sentimientos en Melinda, la que nunca me escribió. Tengo miedo. No sé si a la guerra civil, al colegio, al fascismo, a la religión católica o a la desnudez de mi pasado...".

La televisión daba música clásica, la radio, música clásica; frenesí de pánico. La tranquilidad de no ser el único: toda la familia y miles de españoles se convirtieron en juguete del destino, de unos recuerdos fieles de sangre y muerte, de una fábula de destrucción.

- Los Maquis se escondían en sótanos de granjas y en habitaciones falsas. En mi pueblo, no hacían daño a nadie... -La madre lloraba las víctimas de la guerra civil.

- Debemos deshacernos de los libros de comunismo, filosofía o cultura... ¡Seguro que alguien nos entrega...!

- No seas paranoico, papá...

- No somos los únicos que tienen libros y no creo que pase nada malo. Hay que conservar la calma...

- ¡Mira! Sale el Rey por la tele...

Todos fueron ansiosos a ver lo que contaba el Rey de España. En aquel momento, seguro hubo monárquicos a patadas; la democracia corría peligro y todos aguardaban acontecimientos.

"No sé si un daño común une, en la frase de Nietzsche, pero jamás hemos convivido a tan pocos centímetros de distancia. Todos, hasta mis hermanos, tenemos una materia dentro que fabrica esperanzas. La década ha empezado con movida. Toda la explosión de libertad de la gente, de mi adolescencia, de mis anhelos... Todo tiene sentido en este momento. Mi madre prepara la cena; mi abuela prepara el café; mi padre prepara el terreno para lo peor; mi hermana mayor llama por teléfono para preocuparse; mi otra hermana, la médico, prepara manzanilla; mi hermano prepara el cassette para grabar a José María García transformado en Robert Redford contando lo que ocurre en Madrid, en la Carrera de San Jerónimo, en el Congreso de los Diputados; mi otra hermana, la actriz medio-hippy, no deja de preguntarlo todo: mi hermano y yo le tomamos el pelo y reímos mucho; no sé lo que preparo yo, pero pienso y observo que el día del golpe de estado, parece el día de Navidad; hay miedo a la muerte, por eso nos queremos tanto. Mi padre ha anunciado que debemos descansar esta noche, porque mañana quizás haya que correr".

- Entonces... ¿Mañana no vamos a clase...?

- Mañana no sale nadie.

El reloj de los vecinos del quinto, dio cinco campanadas. Todavía no durmió, y en la oscuridad, tanteó el bolso de su hermana la médico, extrajo un cigarrillo y lo prendió con una cerilla de la caja del elefante amarillo. Se sentó en la rinconera fría del salón y, desnudo, fumó tosiendo jurando su insomnio.

"Es Melinda la que no me deja dormir. Creo que aún espero su beso. Siento su saliva, huelo su pelo. Bueno, se fue con otro y no hay esperanzas. No sé, a lo mejor su novio se ha cansado de ella o ella de él. Pero ella tendrá otros novios, igual dos y se acuesta con los dos a la vez. Ese tipo de mujeres son inalcanzables, por eso es de mi tipo. Ellas se ponen ropas caras, tienen clase. Ellas siempre parecen mujeres y no chicas. Quieren a hombres que les puedan mantener... ¿Por qué he cogido la mecha y las cerillas? ¿Necesito la luz de la Lámpara del Cuerpo? Melinda, el enlace de un miserable protagonismo de ese recuerdo fiel, eso que se repite y empieza con la muerte de Franco... Siempre pienso, parece que hay algo que estoy obligado a recordar. ¡La casa blanca de estilo colonial! Ahora está en penumbra y llena de telarañas. El silencio domina sus rincones oscuros y la suciedad sustrae orgullo para comunicarme, hacerme comprender o desear. Debo compartir las imágenes de la casa, de toda ayuda al pensamiento. No sé expresarme, tengo una ilusión en recordar: ¡Ay! ¿Qué pasó ese día? Fue el ideal fascista de mi colegio católico, de Franco, de la obra de teatro sobre los Nazis, de este golpe de estado... De Franco, recuerdo desfiles, caballos, trompetas. Del colegio galerías, azulejos, algo hermoso cuidadosamente guardado. De ayer, hace unas horas sólo este cigarrillo. Mañana veremos lo que pasa con este jodido golpe de estado y me plantearé acabar un cuento sobre esto, además he de aprobar Latín. He de limpiar la casa imaginaria".

La comida fue un festín. Había alivio. Todo pintaba sonrisas, la televisión filmó el momento del golpe, disparos, órdenes. Los diputados salían de las cortes generales con rostro cansado, anodino. Les hacían entrevistas y todo. Por la tarde, nublada y fría, volvió al instituto a ver al profesor de Literatura. Pero no hubo clase: el profesor estaba de viaje, en Francia.