130- LA MÁS HERMOSA. Por Vicente Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

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* "IN MEMORIAM" III : El autor de este texto, Vicente Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza, falleció el día 16 de septiembre de este 2006. El presente texto literario fue el último que pegó (poco tiempo antes de morir) en nuestra lista de correos, HispAtaxia.

Vicente era aficionado a la escritura. Prefiero no decir que fuera escritor, ya que dudo que obtuviera demasiados rendimientos económicos, mas allá de la propia satisfacción. Así es la vida de un atáxico: rellenar su tiempo como pueda y más le guste. Vivir de producir literatura queda en un plano distinto a la ataxia: O se dispone de un nombre consagrado de autor y de un márqueting adecuado para promocionar ventas, o no se vende.

Por otra parte, con permiso de propio Vicente, en Hispano-Ataxia tenemos copia de casi todas sus obras. Quedó en escribir una introducción para cada una, pero, por su fallecimiento, se ha quedado sin hacer. Vicente era una persona llena de proyectos de escritura, con la dificultad especial (propia de todo atáxico) de la lentitud tecleando. En los próximos boletines de FEDAES iremos editando, una por una, las obras de Vicente... por supuesto siempre que obtengamos el permiso de su familia. (Miguel-A.).

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Me propuse pasear. Era un principio perfecto para la tarde que empezaba; el tiempo y la luz.

Llegué a la plaza a meditar y ella no me lo permitió. Vi a esa mujer y me llené de desasosiego, porque era especialmente hermosa. Nariz recta y pelo negro, negro, casi azul. Ojos negros grandes y brillantes; cejas pobladas. Era como mediterránea, como griega o balcánica. Alta, de formas generosas, pelo negro, ojos negros. Mis ojos no se apartaban de algo tan maravilloso, y le puse voz: grave, pero profunda. Incapaz de chillar, iba de blanco y azul de algodón. Le imaginé estudios y lecturas favoritas.

Ella quebró el silencio con los decibelios que le asigné, pero su mirada me pilló de improviso.

- Esto es falta de educación, ¿por qué me miras tanto?.

Me armé de seguridad forzada porque era cierto.

- Es que eres la persona indicada para que te haga la pregunta…

- Pues la respuesta es "no"…

La chica cruzó los brazos y miró hacia otro lado.

Me dispuse a irme, cuando ella, impaciente, me preguntó con las palmas de las manos mirando al cielo y encogiendo los hombros a la vez, en un ademán brusco e italiano:

- ¿Y bien?.

- ¿Y bien, qué?.

- ¿No vas a decirme qué me ibas a preguntar? -la chica abrió mucho los ojos.

Aturdido me dispuse a cambiar de dirección y sentí una extraña vergüenza, mas cuando no era nada acorde al momento.

La chica me siguió mirando fijamente, y yo no sabía donde esconderme, nunca lo he sabido. Luego entornó los ojos y forzó los ojos. Una mirada de odio injusto, quería borrar cualquier pensar sobre las formas de esa mujer. ¡Qué maldad tan retorcida tienen las mujeres bellas! Brotó de mi interior un deseo de despecho y esa libertad tan legítima que se abre paso entre los empellones desdichados de la humillación. Entonces le dije, no sin desprecio, con el deseo más contundente posible:

- ¿Llevas hora?.

Con expresión victoriosa de haber dado un golpe certero me fijé en la chica que se preocupó y miró el bolso de loneta negra que tenía a su derecha. Extrajo unas gafas de culo de vaso que se colocó rápidamente.

- ¡Uy! Perdón, te he confundido con el vecino del quinto que es un pesado, mirón y necio… Lo siento.

Acto seguido, se quitó las gafas, pestañeó, me sonrió, se levantó y vino decidida hacia mí. Sin respirar, me besó en los labios.

Quedé aturdido por unos momentos debatiéndome entre la gloria de la conquista femenina y el sentimiento de embebecimiento y asombro pertinaz.

Entonces al percatar una ligera humedad al sentir el contraste de sus labios con el aire en movimiento, se volvió a acercar a mí y me besó en la mejilla.

- Perdona, no vaya a ser que pienses otra cosa de mí... es que no debería quitarme las gafas.

Acto seguido, me concentré en nada, y ella me asustó al regresar. Sonreía forzado:

- ¡Ah! Las cinco y diez…

Se alejó golpeándose con una farola a la que no vio... con otra más... y me seguía sonriendo.