135- EL RAMO DE FLORES Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich, de la provincia de Burgos.

Esta mañana, por ser sábado y librar del trabajo, me ha levantado tarde. No suelo dormir bien las horas extras permitidas por los días festivos, pero el previsible tiempo frío hacía pegadizas las sábanas. Ya es el mes de abril, y aún no ha hecho acto de presencia la primavera. Tras levantarme, desayuné sin prisa... como en la cafetería de la oficina: mientras revisaba los titulares del periódico. Hay costumbres que no se pierden ni siquiera por vacaciones.

A continuación, salí a la calle, bien abrigado, caminando despacio, con las manos en los bolsillos... y sin rumbo hacia ninguna parte. Bueno, sí, mi idea era ir al mercadillo de tenderetes a comprar unas gafas de sol, puesto que el diseño de las del año pasado, obviamente, ya no está de moda. Quiero decir que no era una intención prioritaria... podía cambiar de plan sobre la marcha en cualquier momento. Lo del mercadillo podía quedarse en una ronda de bares de encontrar un amigo con quien tomar unos vinos y algunas tapas.

Ya sé que el logotipo de las gafas de Anthony Vicenzo del mercadillo, al igual que los de otros artículos de marca, es más falso que un euro de plástico. Pero no por mi idea de comprar allí, me considero más pirata que los demás. Pirata es el Ayuntamiento que, sabiendo que allí se venden artículos falsificados y/o procedentes de economías sumergidas, made in no sé dónde, a los vendedores les alquila un puesto en el mercadillo y les concede licencias de venta, por el pago de un impuesto. Pirata, es la autoridad policial que, sabiendo cuanto allí se cuece, hace la vista gorda. Y el más pirata de todos es el Anthony Vicenzo "and company" (léase cualquier otra marca de prestigio) que, en el mercado legal, cobran sesos de mosquito por sus artículos. Si ajustarán más sus precios al costo real, nadie tendría interés en piratearlos. ¿Para qué? Y, para más inri, utilizan tretas incalificables, como la creación de modas. ¡Claro que mis gafas de sol, compradas el año pasado, están en perfecto estado... pero, a ver, ¿cómo voy a ser yo el único que lleva unas gafas de cristales redondos y patilla de varilla, mientras los demás van con unas parecidas a los faros del coche fantástico?. Sí, sí, ya lo sé, tal diseño es una porquería de mal gusto, pero pasas por el aro, o vas haciendo el ridículo por salirte del montón dando la nota discordante. Y revolucionario no soy. En fin, los menos piratas somos quienes miramos por nuestra economía. Y no puedo quejarme en eser sentido. La mía va muy bien. Y no voy a presumir de bueno, suelo pasar de los menos favorecidos. Esa es la constante social: ¡El que venga atrás, que arree! No obstante, a veces, las menos, cierto, me da por pensar en ese asunto de quienes tienen dificultades económicas.

Iba caminando por la acera, enfrascado en mis reflexiones sobre la piratería, cuado me tope con una cara familiar, sin saber de qué la conocía. Por un instante me quedé perplejo, parado... dudando entre dar un abrazo, o seguir mi camino, por miedo a meter la pata. A la otra persona le pasó lo mismo que a mí. Por fin, fue ella quien rompió el hielo:

- ¿¿¿¡¡¡Pepe... Pepe García!!!???:

- ¡¡¡Lolo...!!!.

Y nos abrazamos efusivamente. Lolo García y yo fuimos compañeros de bachillerato en el internado de los Hermanos Salesianos de Chamberí. Y he dicho compañeros, no amigos. Lolo nunca estuvo entre mi círculo de íntimos. Los caprichos del orden alfabético derivado de nuestros apellidos, ambos García, hizo que ocupáramos pupitres contiguos durante cuatro años. Por tanto, fuimos muy cercanos en aspectos educativos, pero nunca compartimos los tiempos libres. He de decir que Lolo era una magnífica persona, y más de una vez lo defendí de las chanzas de los demás alumnos. Pero éramos opuestos: yo alto y atlético... todo un as en el deporte... hacía verdaderos malabares con un balón en las manos o en los pies. Lolo, por el contrario, era bajito y cegato... con gafas de culo de vaso. Por otra parte, yo era juerguista, el rey de los traviesos, y un holgazán de tomo y lomo (año tras año aprobaba a base de copiar las tareas de Lolo). Él era tímido, modosito, y aplicado, no empollón... jamás hizo alarde de su capacidad metal. Al contrario, compartía sus dotes con los demás alumnos.

Después del bachillerato, fui a la Universidad, y perdí el contacto con Lolo. Supuse que siguió con los Salesianos. Parece que no: abandonó al mismo tiempo que yo.

Fuimos juntos a tomar un café, y nos contamos nuestras respectivas vidas.

- Lolo -le dije-, ¿por qué no comemos junto? Así seguimos charlando. Te invito a comer en el Buen Horno.

- ¡Tengo algo mejor! -replicó-. ¿Por qué no vamos a comer a mi casa? Así, te presento a mi esposa.

Me había pillado. Lo que menos me apetecía era ir a comer con "la parienta" de Lolo. Pero la iniciativa había sido mía, y ahora ya no podía volverme atrás.

- Vale. ¿Por qué no? -respondí a regañadientes.

- Bien, entonces voy a telefonear a casa a mi esposa, para que prepare comida.

Y Lolo buscó en el bolsillo su teléfono móvil, y se dispuso llamar desde la misma cafetería. Yo dije que también iba telefonear a mi esposa para que no me esperara a comer. Sin embargo, previendo que no iba a ser una conversación fácil y arguyendo que se oía mejor, dije que iba a salir a la calle para telefonear.

- Oye, Luisa, que no me esperes a comer.

- ¿Dónde vas comer?.

- Con un antiguo amigo de colegio.

- ¿De qué colegio?.

- ¡¿Qué colegio va a ser?! Si sólo he ido a uno. ¡¿Las Ursulinas de la Caridad?!.

- ¡Siempre acabas contestando mal!.

- ¡¡Si no preguntaras tanto!!.

- ¡Y por qué no me reúno con vosotros en el restaurante?.

- ¡¡Imposible!! No puede ser. No hay restaurante. Voy a comer a casa de Lolo.

- ¿Lolo? ¿Y no será Lola?.

- Bueno, sí. Tiene dos exuberantes lolas en la delantera. ¡¡¡Y qué!!! ¿Pasa algo? ¡¡¡ Me voy a comer a su casa porque me da la gana!!! ... ... ... ¿Oye?... ... ... ¡Oye? ... ... ...¡¡¡Y encima me corta la tía puta ésta!!!.

Llegados a casa de Lolo, llamó al timbre. Al abrir, besó a su esposa, y luego me presentó. Interiormente me reí de aquella presunta pamema. Yo jamás había llamado a mi propio timbre, ni besado a mi esposa al entrar en casa. Y si alguna vez lo hice al regreso al hogar, fue "in illo tempore"...cuando aún había pasión... hace tantos años, que ni siquiera lo recuerdo.

La mujer de Lolo era bastante feucha... más alta que el, y tan chupada como un pirulí... ni tetas, ni culo. Si la hubieran rifado de moza, yo no habría comprado papeletas. Mentalmente, eché cuentas: "43 años, menos 20 de la hija mayor, menos el tiempo de embarazo. ¡A quién se le ocurre casarse a los 22 años! ¡Si a esa edad se es todavía como un niño! ¡La muy lagartona, seguro que lo enganchó... y se casaron de penalty!". Poco a poco, me fui convenciendo de que mis pensamientos eran totalmente erróneos. Ella era muy amable y participó, de forma distendida en nuestras conversaciones. Pude constatar, por cómo se miraban a los ojos, que estaba ante dos personas que se amaban y eran felices juntas. ¿Y qué importa la ausencia de tetas y culo, o ser bajito y llevar gafas de culo de vaso? Y creí haber descubierto la clave de la cuestión: conseguir llevar el amor más allá del enamoramiento.

De regreso a casa, me senté en un banco público a reflexionar. Luisa y yo teníamos un comportamiento totalmente distinto a lo visto en casa de Lolo. Era como si no fuéramos matrimonio, sino dos personas yuxtapuestas. Es cierto que ninguno de los dos pensaba en separaciones o en divorcios, pero ambos aceptábamos como normal el llevarnos como el perro y el gato. Y si Luisa y yo estábamos condenados a vivir yuxtapuestos, ¿por qué no tratar de endulzarnos la vida el uno al otro? ¿Qué sacábamos de ese continuo tira y afloja? Sentí envidia de Lolo y de su esposa. Tampoco me sentí el único culpable. Una relación es cosa de dos. Sí sentí remordimiento por no haber puesto de mi parte lo necesario para que la nave del matrimonio fuera mejor. De pronto, sentí un impulso. Aún podía hacer algo. Miré mi reloj. Las 19:30. Me levanté como un resorte, y me puse a caminar deprisa. Todavía me quedaba tiempo para pasar por la floristería antes de que la cerraran y comprar un ramo de flores para Luisa.

Al llegar a casa, puse el ramo, agarrado con mi mano izquierda, oculto tras mi espalda, y llamé al timbre con la derecha. Luisa abrió la puerta:

- ¿Has perdido la llave?.

No respondí.

Ya en salón, tomé a Luisa con mi mano derecha, y le di un largo beso en la boca, hasta dejarle si aliento. Tras soltarla, le entregué el ramo de flores. Ni lo cogió. Rompió a llorar desconsoladamente. Su reacción desbordó mi vaso de agua, de por sí, siempre a rebosar y, por tanto, proclive a desbordarse. Aquello ya era el colmo. Arrojé el ramo de flores sobre el diván... y, con él, mis buenos propósitos... y le grité:

- ¿¿¿¡¡¡Y ahora qué coño te pasa... se puede saber!!!???.

- ¡Que hoy todo me sale mal! -respondió entre sollozos-. Primero, se atasca la lavadora. Cuando llega el técnico, dice que se ha quemado el motor, y es más caro el arreglo que comprar una nueva. Luego, llamas tú para decir que te vas a comer a casa de una tal Lola. Más tarde, telefonean desde el hospital diciendo que Javier ha tenido un acidente con la bicicleta, le han dado seis puntos de sutura, pero lo iban a tener tres horas hospitalizado, en observación, por si hubiera lesiones cerebelares. Y allá me voy. Y ahora que había conseguido ponerme un huevo frito, y me disponía a comer, llegas tú completamente borracho.

- ¿Y Javier? ¿Qué le ha pasado a Javier?.

- ¿A ése? ¡Nada! ¡Ya está otra vez en la calle con la bicicleta!.

- ¡¡¡Será cabrón ese ...!!! (A punto estuve de soltar lo de "hijo de puta", pero conseguí frenarme a tiempo).